(Por Geraldine Mitelman, para Clarín) Miryam Cardilli (61), vecina de Boulogne, se dedicó a vender ropa toda su vida hasta que en la crisis del 2000 se quedó sin trabajo. En ese momento comenzó a cuidar a su mamá, que estaba enferma, y cuando falleció, sus amigos y familiares comenzaron a llamarla para que acompañe a otra gente. «Siempre tuve esa vocación de cuidar y que el enfermo se sienta bien. Cuando me di cuenta que lo sentía muy fuerte, quise hacerlo más seriamente y fue cuando me enteré de un curso para profesionalizarme en esta tarea».

Una amiga le contó que había hecho el taller el ‘El Arte de Cuidar’ que dicta el municipio con la Fundación OSDE y decidió seguir sus pasos. Para ese entonces, ya estaba cuidando en un geriátrico a Delia, una señora de 93 años y generó un vínculo tan fuerte que se la llevó a vivir a su casa. Eso que para la mayoría de las personas puede ser muy difícil de imaginar, en Miryam surgió como un deseo delcorazón. «Durante el curso hice prácticas en el Hospital de San Isidro, aprendí a curar heridas y empecé a notar cómo el estado emocional de los adultos mayores, porque no me gusta decirles ‘viejos’, influía positivamente en su evolución», cuenta ella, que integra el registro nacional de cuidadores.


Sabiendo el cariño que Miryam tenía por Delia, un mes antes de la pandemia, sus familiares decidieron aceptar la propuesta de mudarla. «Les dije que me la llevaba a casa a vivir conmigo, justo antes del comienzo de la cuarentena obligatoria. Le preparé una habitación, que acondicioné especialmente para ella y los cambios fueron notables: pasó de pesar 35 kilos a cerca de 60, su problema coronario se estabilizó y comenzó a realizar ejercicios para sus piernas. Creo que el ambiente donde vive, la atención personalizada y sobre todo el gran amor fueron las claves para que se recupere», asegura.

Miryam vive junto a su marido, que también cuida adultos mayores, y no tienen hijos. Pero sí un montón de perros. «En el barrio contenemos a los perritos de la calle, se vienen a la mañana y les damos de comer. En este momento tenemos 7 en casa», cuenta. Dice que hoy en día se necesitan muchas personas que cuiden a los mayores. «Y fijate que nosotros no somos jóvenes tampoco, pero ¿viste cuando tenes algo adentro que te llama?», pregunta en voz alta. Miryam para poner en palabras su vocación.

Dice que sobre todo en este momento de pandemia le interesa transmitir este mensaje. «Cuando dicen que con esta enfermedad van a desaparecer todos los «viejos» yo me pongo muy mal, se me estruja el corazón. Y desde que tengo a Delia en casa asumo esta responsabilidad de cuidar a un mayor, que es un vulnerable total», agrega.

Hace una semana que la nueva huésped cumplió nada menos que 93 años. Ese día, barbijo mediante, le permitieron que su único hijo la saludara desde la puerta. «La realidad es que hay que dar mucho de uno para cuidar a un mayor, no sólo con tiempo y voluntad, sino con paciencia, escuchar cien veces las mismas historias y fundamentalmente: hay que dejarlos enojarse y envejecer», opina Miryam, que recuerda que en el geriátrico Delia estaba muy deteriorada. «Pero no por el lugar en sí, sino por la falta de contacto físico, de actividades, no charlaba con nadie. Eso la deterioro micho, con decirte que una vez por semana pensaban que se iba a morir», recuerda.

Hoy, esta abuela que no tenía movilidad en los brazos, le daban de comer procesado y no podía coordinar sus movimientos volvió a enamorarse de sus libros -ahora está leyendo ‘Me llaman Artemio Furia’, de Florencia Bonelli- y mira programas de cocina en El Gourmet. «Nuestra cultura no respeta al adulto mayor, sobre todo no considera su identidad. Hay que dejar de llamarlos ‘abuelitos’ y respetar su nombre, sus gustos y necesidades, porque es una etapa biológica a la que vamos a llegar todos»

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