Por Sergio Bergman. Cuando hablo de sustentabilidad no me refiero tan sólo a la ecología, ni al cuidado de los recursos naturales del planeta en el que vivimos (que resultan  esenciales, pero que son materia de estudio de otras disciplinas). Por sustentabilidad entiendo, en este caso particular, nuestra capacidad para ser autoportantes en la conciencia de hacernos humanos todo el tiempo y de sostener esa humanidad que vamos alcanzando en nuestro devenir. Es decir, una suerte de “ecología del ser”.

Así como en la vida cotidiana — por ejemplo — podemos reciclar desperdicios (o al menos sería recomendable hacerlo), en la dimensión de lo humano también podemos realizar un trabajo permanente de reciclado de nuestro propio ser. Una suerte de mecanismo que filtre las impurezas. Porque esta sustentabilidad de la que hablo consiste, precisamente, en pasar por el tamiz de la conciencia, todo el tiempo, los aspectos centrales de nuestra humanidad.

Para lograr con éxito esta propuesta de sustentabilidad es fundamental tener disciplina. Una disciplina que no sea un mero acto mecánico de repetición. Una disciplina mediante la cual podamos ejercer un pensamiento crítico, una constante reflexión sobre nuestras acciones y sobre nuestros comportamientos. Una disciplina de la conciencia que nos recuerde que la espiritualidad no es un pasatiempo para las vacaciones, sino una acción sostenida de todos los días. En este sentido, para recorrer este sendero sería deseable dejarnos iluminar por la siguiente pregunta: ¿Qué le aporté hoy a mi humanidad por lo que hice? No por lo que me dieron, ni por lo que me hicieron, sino por aquello que puse de mí para ser una entidad vital sustentable y autoportante.
¿Y por qué esta pregunta es relevante? Porque si esperamos que la sustentabilidad de nuestro ser provenga de los demás, nos vamos a frustrar casi sin excepción. Pero si asumimos, en cambio, que no debemos ser demandantes sino dadores de humanidad, y que tenemos la capacidad de sostener esa potencia como un desafío permanente, no solamente lograremos sustentarnos a nosotros como entidades individuales, sino que además podremos generar un verdadero ecosistema de sustentabilidad humana a nuestro alrededor.

La sustentabilidad está definida por aquellas actividades que desarrollamos agregando valor. No se trata sólo de una dimensión ecológica, sino de viabilidad de la humanidad como civilización, y al mismo tiempo, como el hogar que habitamos en el planeta donde nuestra madre Naturaleza sufre la depredación a la que la sometemos. Son cuatro los campos de acción que la humanidad desarrolló durante su evolución, siendo ahora testigos de su involución. Se pone todo en riesgo de modo irresponsable por la acción negligente de no cuidar las proporciones y olvidar que solo el valor sustentable es el que permite el desarrollo de todos los demás.

Entendemos que nos hacemos humanos en valor sustentable cuando ampliamos la intersección de los valores económicos, sociales, públicos y ecológicos de nuestras actividades y de nuestra conciencia.

Nuestro desafío de hacernos humanos es crecer con la conciencia de que la intersección entre estas cuatro dimensiones de valores, en las actividades que desarrollamos, es el valor sustentable de nuestra acción, y que si no lo hacemos crecer tanto o más que cada una de las partes, el conjunto corre riesgo terminal.

Valor sustentable es ser viables, no detiene el crecimiento sino que lo ordena en una dimensión en la que crecer no sea consumir más sino hacerlo con responsabilidad y conciencia. El intento bien vale la pena, ya que nos haremos más humanos con nosotros mismos, y tendremos más de ese capital humano para ofrendar y ofrecer: una transacción de pura ganancia, ya que, de ese modo, los que nos rodean estarán mejor.

(Fragmento del libro Ser Humanos, del autor)

A %d blogueros les gusta esto: